Puerto de Ideas

por Luis Fernando Sánchez

“La Revolución I”

Hace tiempo no publico acá, culpo al examen de grado. Rompo igualmente con el silencio para compartir una carta que me llegó por Mail, muy lúcida, y de supuesta autoría de Fernando Villegas, sobre la realidad actual en Chile. Saludos.

La Revolución I

Hace unos días, estaba haciendo la cola para pagar en un negocio y observaba a una madre interactuar con su hija de unos 4 años. Todo comenzó cuando la niña lanzó un juguete por la cabeza de los que estábamos en la cola:

> - “Anda a recogerlo, Camilita”.
> Camilita se tira al suelo de la tienda y allí se queda, inmóvil.
> - “Ya pues, Camilita, vaya.”
> Camilita sigue inmóvil.
> - “Ya, Camilita, si no va a recogerlo no le voy a comprar na’ el juguete”.
> Camilita BOSTEZA y, acto seguido, LE DA LA ESPALDA a su madre quien, rezongando, abandonó la fila y fue a recoger el juguete.

Evidentemente, no cumplió su amenaza.

Para mí, esta anécdota es tremendamente ilustrativa del perfil básico del chileno promedio: adultos carentes de la más elemental autoridad sobre niños indiferentes a normas, hábitos y disciplina. Abolidos el sentido del deber y la disciplina como ejes rectores del comportamiento, un solo elemento estimula y guía al ser nacional: el voluntarismo, es decir, la gente hace lo que quiere y ve en ello un valor capital. Lo que resulta de esto es la descomposición social que se observa hoy en el país y de la cual las protestas estudiantiles son palmaria expresión.

En mi concepto, la motivación de estas protestas dista mucho de buscar una mejora en la calidad de la educación y en el acceso a ésta. Desde hace 16 años ejerzo la docencia en universidades e institutos nacionales y, salvo contadísimas excepciones, jamás he encontrado alumnos dispuestos a aprender, a personas con hambre de conocimientos y voluntad para conseguirlos. Si hay que leer más de 2 páginas, colapsan; jamás llegan con preguntas acerca del tema tratado; jamás formulan pregunta alguna en las clases y un atroz etcétera. Si alguien quiere mejorar la calidad de la educación, pues que dé el ejemplo y estudie; pero no es este el caso: se trata de conseguir un objetivo nominal, socialmente encomiable, bajo el cual se camufla el impulso esencial: vivir la aventura de “dejar la cagá “.

La lógica de las tomas, huelgas y paralizaciones es, en su esencia, contraria al fin que declaran perseguir. Quieren que SE mejore la calidad y el acceso a la educación, restándose del rol primario que a los estudiantes les compete que es, miren que sencillo, ESTUDIAR. Nada impide generar presión y no abandonar las clases, sin embargo se presenta un hecho como incompatible con el otro. Eso es propio de una estructura de pensamiento anquilosada que ve en el conflicto disruptivo la única vía de solución a los problemas: esa es la lógica flaite en su expresión más pura. Proclaman la necesidad de mejorar el acceso a la educación, pero cuando han accedido a ella y se ven enfrentados a la tarea concreta de educarse, arrugan y prefieren representar una posición a través del simulacro del compromiso activo con el cambio estructural que, en una sociedad democrática, no les corresponde a ellos realizar, sino a los representantes elegidos por la ciudadanía. Y si estos no hacen su trabajo, no podemos ser como la madre de la Camilita de mi ejemplo y hacer la pega por ellos.

El discurso falaz que impugna el lucro en la educación es, en mi concepto, una muestra clara del fariseísmo hipócrita del movimiento estudiantil. De acuerdo a éste, habría siniestros empresarios que se llenan los bolsillos con la necesidad de los pobres estudiantes que, incautos, se matriculan en sus institutos y universidades de calidad miserable. Si así fuese, la solución es mucho más simple que dictar leyes, crear superintendencias o cambiar la Constitución de la República: tal como, en teoría, la gente no se baña en lugares no habilitados para el baño, desarrollemos la conciencia social de que la gente NO se matricule en esas instituciones. Y no nos llamemos a engaño, no necesitamos banderas rojas que las señalen: en el mundillo estudiantil TODO el mundo conoce cuáles son esas instituciones. El problema es que hay un número no menor de jóvenes para quienes esas instituciones son una opción real de educación porque aceptan su incompetencia intelectual y optan por ellas a sabiendas de que recibirán una formación cuestionable pero, y he aquí el detalle, podrán ostentar la chapa social de ESTUDIANTES DE EDUCACIÓN SUPERIOR. Y pagan por ello, porque la educación, en la lógica de representaciones sociales, también ES UN PRODUCTO. Referirme a las causas de esa incompetencia intelectual llevaría esta reflexión hacia otros derroteros, pero creo que su origen no depende tanto del sistema educacional, como de la cultura nacional.

Me violenta la falacia de presentar a la EDUCACIÓN como un bien sacrosanto porque, a la hora de examinar el efecto de esa educación, se advierten resultados desoladoramente malos. Y esto es así porque, digamos las cosas como son, la calidad intelectual del chileno promedio es paupérrima. SER médico, diseñador, periodista o profesor tiene que ver, en el imaginario estudiantil, con PASAR los ramos, no con imbuirse de una forma de ser, pensar y actuar. Y es que existe una paradoja esencial: se quiere acceder a un nuevo estatus social, a través de la educación superior, sin hacer el “up grade” intelectual. Dicho en otras palabras: si alguien cursa y aprueba los ramos correspondientes obtiene un certificado de médico, diseñador, periodista o profesor, pero sin cambiar, necesariamente, su disposición cognitiva. Un ejemplo: salvo escasas excepciones, las tesis para obtener un grado académico tienden a repetir hasta el infinito los mismos viejos problemas en cada una de las disciplinas.

Las tesis, que se suponen debieran indicar el peso intelectual y académico del futuro profesional, terminan siendo trabajos chapuceros, ramplones, mal escritos, cuando no plagiados de wikipedia. Pero esta gesta sociológica de los paros, las tomas y las manifestaciones sirve como modalidad compensatoria que “estudiantiza” al mutante básico que, esencialmente, no quiere estudiar: “¿Profe, por qué no hace un trabajo en vez de hacer la prueba?”

Sin embargo, la culpa siempre la tiene el empedrado. No al lucro porque es contrario a la calidad en educación. Falacia atroz, pero excelente eslogan de campaña. ¿De cuándo acá ese rechazo visceral al enriquecimiento? El chileno promedio está dispuesto a endeudarse hasta la 3ra generación para comprarse desde un teléfono hasta un auto nuevo todos los años, pasando por cuanta chuchería inimaginable se le ocurra. Es más: socialmente ha aceptado funcionar bajo esa lógica, y LUCRA para ello. Pero si el que gana plata es el empresario, ¡ah no! ¡es un negrero, un desgraciado! Envidiosos, chaqueteros y arribistas. De paso, si los 300 mil pesos que cuesta una consola Wii se invirtieran en libros, otro gallo nos cantaría, ¿pero quién estaría dispuesto a ello?

Si miramos el petitorio de los estudiantes y profesores, la gratuidad en la educación se presenta como el eje de las reivindicaciones. Este objetivo, aparentemente, es social, pero no nos llamemos a engaño: es esencialmente POLÍTICO y, por lo mismo, no puede ser logrado por un movimiento social. Si miramos con una perspectiva de ESTADO, desde el momento en que un movimiento social consiga una reivindicación política, la lógica de un sistema político democrático colapsa, por cuanto ese movimiento social establecería la nula necesidad de ese orden político democrático y, una sociedad que reprueba masivamente a sus representantes, probablemente permitiría la instalación del voluntarismo social como modelo de gestión. Y ese voluntarismo, que depende de la retórica y la manipulación comunicacional de los actores del movimiento, abre la puerta para cualquier cosa. Para bien o para mal, un ESTADO necesita de buenos POlÍTICOS y los nuestros, ciertamente, distan mucho de serlo. Hoy están más preocupados de consolidar la imagen de un gobierno incapaz de ejercer su tarea de gobernar, por acción y por omisión los políticos opositores han instigado al movimiento estudiantil a lanzarse en esta cruzada reivindicatoria, como ballenas hacia la playa. Miopes políticos, no ven que al varar en la playa nadie los devolverá al mar. Son una mierda, pero los prefiero a los Ayathollas que vendrán, escudados en sus cuentas de twitter y grupos de Facebook.

El movimiento estudiantil es la expresión final de un estado de descomposición social, respecto del orden en el que funcionan los estados civilizados. Desde los rayados en las murallas hasta la actitud de los dirigentes estudiantiles, quienes para mostrar su desacuerdo con la propuesta hecha por el Gobierno, queman el documento ante las pantallas, el espíritu es el mismo del de la Camilita de mi ejemplo: hacen lo que quieren y esperan que esa sea la regla de vida.

Cuando en años futuros se estudie este fenómeno, será interesante estudiar el rol que le ha cabido a los medios de comunicación en este cuadro de situación. Para la mente del chileno promedio, lo que aparece en los medios es la verdad. Con la llegada de los medios virtuales, esa sensación se amplifica por la inmediatez de las respuestas. Hoy, que la popularidad del gobierno llega a niveles abisales, nadie recuerda que con la llegada de Piñera al poder se habló de que los medios estaban en poder de la Derecha y que serían manipulados para hacer que la gente reaccionara como los personajes de 1984 de George Orwell. Nada de eso ha ocurrido y los medios han incidido decisivamente en amplificar el alcance de este desastre, creando un clima medial adverso a la gestión gubernamental. Frente a cada mal llamada demanda social, los medios en general han excluido sistemáticamente el análisis serio e informado: se trata de validar la voz de la masa que, por definición, carece de matices y se mueve, esquizoide, entre el todo y la nada.

Por eso, creo, hoy la situación es cuánto más dramática: No hay interlocutores sociales válidos y lo que dice la masa es ley. Ahora mismo, leo en mi muro de FB voces aterradas con la “represión” que carabineros ejerce contra los estudiantes. Pero a nadie le incomoda que los estudiantes se quieran manifestar cuando, por razones claras y atendibles, la AUTORIDAD, concepto que le da urticaria al mutante básico, ha dispuesto que NO SE PUEDEN MANIFESTAR. Y vuelta con que Pinochet y la represión. ¡YA BASTA! La democracia no es hacer lo que se me pare la raja, sino hacer lo que las leyes que nos hemos dado nos permiten hacer. ¿Por qué cuesta tanto respetar el orden establecido? Si hay un puto orden, el que se sale de ese orden debe pagar las consecuencias. ¿Por qué es tan difícil de aceptar? ¿No les gusta? Cámbienlo, pero por un proyecto coherente, no por un conjunto de emociones y frases hechas. Pero si no fueron capaces de hacerse cargo del orden que existía, si no tuvieron la habilidad de cambiarlo desde dentro, dudo mucho que el nuevo orden, hijo de la estupidez, la moral pequeñoburguesa y su cobardía esencial sea un avance respecto de éste. Es mucho más fácil disfrazarse de zombie y bailar frente a la Moneda que negociar acuerdos, estando dispuesto a ceder para obtener algo.

Pero no: el camilismo exige el todo o la nada; es mucho más fácil tocar la cacerola y tener su minuto en la historia que proceder, como corresponde hacerlo en democracia, a través del debate, la reflexión y la presión a los representantes políticos para que empiecen a honrar el oficio por el que les pagamos y representen los verdaderos intereses de la ciudadanía.

Esta es una sociedad de Camilitas sin control y no se trata de que la AUTORIDAD deba cumplir un rol paterno, sino que el sentido cívico del ciudadano debiera primar en una sociedad madura y civilizada. Pero eso no existe: hay demasiado resentimiento, demasiada ignorancia, demasiada maldad, demasiada estupidez. Por eso, considero que ésta es la revolución de los tarados, con una sociedad enloquecida que, víctima de una incompetencia intelectual pavorosa, delega sus responsabilidades y reemplaza las ideas por los eslóganes, el debate por las frasecitas en Tumblr, el respeto por la prepotencia y renuncia, como en un carnaval, a una institucionalidad de la que jamás se hizo responsable.

F. Villegas

Carta al Director El Mercurio no publicada (24/3/12)

Sr. Director,

El profesor Antonio Bascuñán Rodríguez, en recientes cartas a su diario, sostiene que la “imposición del deber de tolerar el embarazo”, como él la define, evitando conceptualizarlo como “prohibición de matar”, sería una obligación demasiado gravosa para la mujer, y mayor de lo que el Estado puede esperar exigirle a cualquier persona.  A mi parecer, esto lo hace obviando una cuestión trascendental, que es la naturaleza misma de aquello que es objeto de este deber/prohibición.

De lo que hablamos aquí, finalmente, es de una vida humana y su protección. Elemento base y derecho fundamental que debiese reconocer cualquier legislación. Los deberes, prohibiciones y facultades establecidas por la ley deben, por razones de lógica, actuar de manera más fuerte en la protección de esta, que lo que pudiese ser la protección de otros derechos.

El hecho de que para nacer, todos debamos pasar por un periodo de gestación dentro del vientre de nuestras madres, es una condición que ha impuesto la naturaleza, y no la ley, y esta última no hace más que reconocer también acá, como en todo ámbito de la convivencia humana, la necesidad de respeto a la dignidad e integridad de otros individuos, respecto de quienes no podemos actuar como si fueran objetos o bienes materiales, disponibles por otros.

Esto, obviamente, no implica desconocer la necesidad de protección de la vida y dignidad de su madre, que no por este “deber de tolerancia” tiene en absoluto una dignidad menor a la de su hijo. En eso debemos agradecer a los avances de la ciencia, que han contribuido a establecer la cada vez menor necesidad de aborto por razones de riesgo, y además el tremendo daño que estos procedimientos suelen producir para las madres, tanto en lo físico como en lo psicológico.  Es imperativo que Chile avance en normas de protección a las madres, que permitan un mejor acompañamiento a ellas cuando por diversas circunstancias el embarazo constituya una situación traumática, con el fin de que ella se sienta finalmente capaz de acoger a este hijo, o pueda entregarlo a otra pareja que pueda hacerlo.


Luis Fernando Sánchez

Egresado de Derecho

Movimiento Gremial

Universidad Adolfo Ibáñez

¿Reforma Tributaria? ¿Pa’ Que?

Desde hace algún tiempo, ha comenzado tomando fuerza en nuestro país una supuesta necesidad de entrar a modificar nuestro sistema tributario, fundándonos principalmente en la idea de la supuesta justicia en aumentar los impuestos que gravan a los más ricos, para que de esta manera contribuyan más al desarrollo de Chile.

Esto se está tratando hoy casi como un dogma de fe, ya que según muchos, se trataría de algo ya probado y cuya discusión no tendría mucho sentido. Craso error acá, y un intento burdo por saltarse un paso esencial antes de decidir si es verdaderamente necesario un aumento en los ingresos que el Estado recauda por tributos.

El Senador Ricardo Lagos Weber, en una carta al Mercurio este Viernes 13 de Enero funda dicho argumento en una necesidad de mayor y mejor distribución y calidad de vida de las personas, lo que podría garantizarse proveyendo de más prestaciones desde el Estado. Aquí es donde pongo mis dudas: ¿Podemos decir, a partir de la experiencia empírica, que basta con la intervención del Estado como administrador de un determinado servicio, o proveedor de una determinada prestación para garantizar mayor distribución y acceso equitativo a este servicio o prestación? Yo creo que no, y basta con ver los servicios de salud, educación, y tantos otros en Chile, que no se caracterizan por una verdadera eficiencia en cuanto a relación costo-beneficio.

En esa misma edición del Mercurio, en el área de editoriales, una de ellas trata sobre la libertad económica, y la necesidad de profundizarla, y entre los datos ahí mencionados se señala como en recientes estudios se ha demostrado que casi el 80% de la superación de la pobreza en nuestro país, entre los años 90’ y 2010 se explican por una mayor libertad económica, más que por ayudas estatales directas. O sea, tendríamos que esa mayor distribución y calidad de vida que quiere el Senador Lagos Weber no requerirían cambiar el rumbo, sino profundizar la senda ya creada.

Este es, claramente, un discurso que no acomoda a la izquierda. El interés de ellos por aumentar la billetera fiscal no va tanto por una supuesta necesidad para mejorar la calidad de vida de las personas, sino porque ya están viendo en el horizonte su eventual regreso a la Moneda, y la posibilidad que tendrán allí de volver a controlar el “progreso” de Chile, como ellos lo entienden. La gracia de una salud, educación, y tantos otros servicios provistos por el Estado, va en que ellos podrán ser provistos como a la coalición gobernante de turno le acomode más: En salud, más píldoras anticonceptivas, apertura al aborto, eutanasia, y tantas otras ideas que hacen agua la boca de los esos “modernos”; en educación, más adoctrinamiento, más “dictadura” – sin importar que a algunos pueda, legítimamente, no acomodarles esa visión – e incluso, presencia libre de algunos partidos políticos en establecimientos educacionales, y tantas otras ideas que también encantan a aquellos cuya superioridad moral es tan alta que ningún cuestionamiento resiste en su contra.

En Chile ciertamente hay muchas necesidades, y negar esto no tiene sentido alguno en la realidad actual, cuando ver la dureza de la vida de miles está tan solo a un click de distancia. El problema acá está en lo ridículo de recurrir a visiones tan básicas como la idea de que bastan más lucas en la billetera fiscal para solucionar este problema. Ciertamente podemos aumentar esta billetera, pero ello no es garantía de que ese dinero será bien administrado. La máquina estatal es tan grande, que la dificultad de ello va más allá incluso de una eventual buena voluntad de todos quienes trabajen en el servicio público, y por tanto la ruta a seguir, en mi opinión, debiese ser trabajar en una verdadera subsidiariedad del Estado: Que este se dedique – y de manera eficiente – a aquellas áreas donde su presencia es verdaderamente necesaria, por no haber posibilidad alguna en que estos servicios sean adecuadamente provistos por el sector privado de manera eficiente; y en las áreas restantes, trabajar por establecer, mediante regulación u otros mecanismos, los incentivos adecuados para que sean los particulares quienes provean estos, sea con recursos particulares o incluso fiscales, considerando que ellos probablemente lo harán a menor costo para los contribuyentes que el mismo aparato estatal.

La libertad no significa la desaparición del Estado, sino en realidad uno más sabio, que despilfarre menos, y que no trate de controlar todo. Para eso no se necesita mucha plata, sino criterio, que no se compra en los supermercados.

Proyectos de Ley, Educación, Libertad y Sueños

Actualmente se está tramitando en el Congreso una ley que busca eliminar el financiamiento directo del Estado a aquellas Universidades que comprobadamente estén lucrando a partir de la Educación. Al mismo tiempo, un grupo de parlamentarios oficialistas analizan la posibilidad de recurrir al Tribunal Constitucional para evitar que esta ley vea la luz.

Meses han transcurrido desde el comienzo del movimiento estudiantil, y ha habido tiempo suficiente para que se enfríen los ánimos, y en el Congreso puedan discutirse aquellos temas de verdad relevantes para mejorar el nivel de la educación que reciben los más pobres de nuestro país, sin embargo nuestros parlamentarios parecen haber escogido mantener el eje en aquello que menos importa, pero que más vende: El lucro.

Analicemos la idea dentro del proyecto. ¿Qué ocurriría con nuestro sistema educativo de aprobarse esta ley? A lo largo de este año, de los estudios que se fueron publicando uno tras otro, pudimos ver que las Universidades que “lucran”, son en gran parte casas de estudio donde la mayoría de sus estudiantes entraron a la educación superior con puntajes muy bajos en la PSU, y que vienen de los estratos socio-económicos inferiores. Se trata en general, por lo tanto, de estudiantes pobres, vulnerables, y que tienen mucho que perder – y que ganar – en su futuro.

Así mismo, se ha dicho que se trata de Universidades cuya calidad no es de las mejores, ni a nivel nacional, ni menos en estándares internacionales. Se trata, por lo tanto, de casas de estudio que muchas veces no dan a sus estudiantes los conocimientos y herramientas necesarias para posteriormente construirse un futuro distinto a la vida que han llevado hasta entonces.

Ciertamente, no se trata de Universidades que serían el orgullo de la OCDE, pero ¿Es esto razón suficiente para quitarles buena parte de sus recursos o eventualmente cerrarlas, como muchos exigen? Personalmente no lo creo.

No creo que sea necesario, ni tampoco buena idea cerrarlas, ya que aún siendo Universidades de nivel medio-bajo, son las únicas que hoy están dando oportunidades a miles de jóvenes vulnerables de nuestro país. Muchos jóvenes hoy estudian en estas, y hay miles, también, que ya han pasado por ellas, y lo único que tienen para garantizarse un futuro laboral y estabilidad económica es su título, cuyo valor depende también del devenir de estos establecimientos. Cerrarlas, implicaría acabar con las posibilidades de todos los que están pasando por sus aulas, o que ya pasaron por ellas, y desfinanciarlas sería condenar a quienes sigan pasando por ellas, a recibir una educación de calidad aún peor que la actual.

Creo que hoy, y a lo largo del último tiempo, los políticos, y los “líderes sociales” que han comandado el movimiento estudiantil han estado apostando a lo menos, y jugando por una reforma mucho más mediocre que aquello a lo que podríamos apuntar. Desechar lo malo es ciertamente más fácil que apostar a salvarlo. Me pregunto donde estaríamos hoy si la medicina, la ingeniería, las ciencias, y tantas otras áreas, hubiesen apostado por la misma vía, simplemente desechando aquello que no era perfecto, volviendo hacia atrás, cobijándose en lo que ellos creían ciegamente – y de manera errada – era más seguro.

Hoy se nos ha puesto, al país completo, ante un desafío mayúsculo: Transformar la educación Chilena. Algunos, de manera cobarde, intentan remar de vuelta a puerto seguro, abrazando la tierra que conocen y clamando a los cuatro vientos su belleza, mientras que otros, con espíritu más aventurero y un poco más de visión, apuestan por el horizonte, soñando con lo que podrían encontrar más allá, y confiados en lo que con nuestras manos y mentes podemos construir. El Estado siempre ha sido la balsa en medio del mar para los temerosos, pero la libertad y el emprendimiento, como estilos de vida, son valores que muchos prefieren más que la seguridad de lo regular, ya que a mayor riesgo, mayor la eventual ganancia, aún cuando el riesgo de caer se vuelve también mayor.

En ese recurso fácil al “más Estado”, no veo más que temor y cobardía. Con un poco más de ingenio y creatividad, e incluso menos recursos, podríamos como país construir un sistema educativo mucho más justo, capaz de promover de mejor manera una verdadera igualdad de oportunidades, y que incluso pudiese llegar a servir de faro para otros países, atrapados en esa discusión del pasado, entre lo estatal y lo privado, como si ambos no pudiesen contribuir a un mismo interés público.

Personalmente, creo en la libertad de las personas para escoger aquel proyecto educativo que más se ajuste a su visión de la vida, así como a sus necesidades particulares; creo que la igualdad de oportunidades no radica en que tan bien puede el Estado administrar las vidas de los más pobres, sino en cuanto poder damos a los más pobres para administrar sus propias vidas; estoy convencido que con una regulación e incentivos adecuados, un establecimiento educacional privado puede tener un fin público tanto, y más marcado, que un establecimiento administrado estatalmente, y que además puede hacerlo de manera más eficiente y con menor costo para todos los contribuyentes; y creo, finalmente, que a partir de todas estas ideas, si las aplicáramos en todos los ámbitos donde interviene de una u otra forma el Estado, podríamos construir un país mucho más justo y libre que lo que alguna vez imaginamos.

Llámenme soñador, pero creo que el desarrollo está al alcance de nuestras manos, y que depende por completo de que tan ingeniosos seamos en este minuto, donde nos proponemos, desde la justicia, reconstruir este país.

Educación Libre y de Calidad Para Todos

Insisto con la libertad. ¿Por qué? Porque creo que es un mandato de justicia para con todas las personas, darles las herramientas para que puedan, por su cuenta, forjarse un futuro que sea propio de ellos, y no predeterminado por otros, quienes ni siquiera lo conocen a uno, a nuestras familias, ni nuestras necesidades individuales, y que nos reducen a nada más que índices, desconociendo nuestra individualidad.

Los pongo en un ejercicio. Imagínense por un segundo que fueran pobres. De verdad pobres. Imagínense que viven en uno de esos campamentos al sur de Santiago, esos que aún no conocen la modernidad, y donde la vida es una lucha constante por el día a día. Imagínense en esa situación y piensen que es lo que ustedes querrían tener, que es lo que les falta de verdad. Una visión inmediata nos diría que les faltan bienes, zapatos, un techo firme, abrigo para el invierno, asfalto en los caminos, para que el viento no levante el polvo. Escarba un poco más. Ahonda. ¿Qué es lo que de verdad necesitan? Yo les diré: Libertad.

Las personas en situación de pobreza no tienen capacidad de escoger como serán sus vidas. Están determinados siempre por agentes externos, lo que finalmente muchas veces los inmoviliza. Imagínense como sería si no pudieran caminar. Al final estarían entregados a los vaivenes de los empujones de quienes nos rodean, o entregados a la mano amiga que quiera conducirnos. Personalmente creo que hay pocas cosas tan malas para el espíritu como eso.

Entrando en lo concreto, si ustedes estuvieran en esa situación ¿Qué es lo que de verdad querrían en materia de educación? Nuevamente, una visión inmediata nos dice acceso. Que tengan donde ir, y si no pueden pagarlo, que el Estado ponga la alternativa. No es necesariamente malo. Al final, en un sistema perfecto, se estaría cumpliendo con lo básico, que es que todos tengan donde estudiar, sin embargo eso mata la libertad, y mata el espíritu.

Aún cuando muchos griten en las calles que lo que quieren es que el Estado los cuide, abrace y proteja, cosa que nunca corran riesgos, y por tanto que haya educación gratis y estatal para sacarse de encima una preocupación, eso no es lo óptimo. Lo que la gente de verdad quiere es libertad. Poder escoger de verdad como se educarán sus hijos. La mayoría de los Chilenos tienen hoy esa libertad restringida por su capacidad económica, y durante los últimos años ha habido un esfuerzo del Estado por suplir esto por vía de créditos y becas, pero la forma en que se ha hecho no ha sido suficiente, ya que nuevamente ha desconocido a los individuos y las necesidades de cada uno.

Hoy las reformas deben apuntar a fortalecer la libertad de las personas. De todos por igual, y no solo la de los “empresarios”, como algunos dicen. Hay que darles a las personas la posibilidad de escoger por ellos mismos donde educar a sus hijos, y después a estos la posibilidad de escoger donde continuarán sus estudios, a nivel superior. Esto requiere subsidios focalizados a quienes tengan menos recursos, pudiendo hacerse (y es mi sugerencia) por un sistema de arancel solidario, donde cada uno pague por su capacidad económica; información más transparente de todos los centros educacionales, sean estatales, privados tradicionales, privados post 1980, con o sin fines de lucro; y una regulación eficiente y fiscalización dura que sancione a aquellas instituciones que no cumplan con su fin.

Al final, puedes juntar a las mentes más brillantes dentro de una pieza a discutir sobre más Estado o más mercado, pero nadie conoce mejor que una madre o un padre, las verdaderas y singulares necesidades de su hijo. Un buen gobernante no será aquel que sepa y controle todo, sino más bien aquel que logre hacerse lo más prescindible posible en la vida de cada persona. El día en que nadie necesite del Estado para subsistir, será aquel en que habremos construido una sociedad perfecta. Quizás no alcancemos a llegar a eso, pero es el norte al que debemos apuntar.

De la Consigna al Argumento

Este viernes 19 de agosto pudimos ver en el programa Bienvenidos, de Canal 13, un debate entre la Senadora Ena Von Baer y el Vicepresidente de la FECH, Francisco Figueroa. En este programa se discutieron distintas cuestiones relativas al conflicto educacional, de las cuales quiero destacar un punto específico, al que no se habían referido los representantes de la CONFECh en profundidad aún, y que requiere nuestro interés por su relevancia en la discusión, como es la definición de “lucro” según sus críticos.

Figueroa sostuvo en el programa que una institución educacional con fines de lucro es aquella donde las utilidades que en esta labor se producen, se extraen por sus sostenedores, sin reinvertirse en la labor educativa, en contraposición a lo que es la legítima remuneración por el trabajo de cada uno. Este concepto merece ciertos reparos, ya que si lo vemos concretamente, pagar un sueldo al sostenedor de un centro educativo, y que este extraiga “utilidades” son cuestiones completamente análogas, donde lo único que varía (quizás) es el monto extraído. El Vicepresidente FECH sostenía que lo relevante aquí era el fin mismo de quienes dirigen estos centros educativos, que en el primer caso sería educar, y en el segundo enriquecerse. La verdad es que la mayoría de las personas, al trabajar, tienen como fin último obtener beneficios económicos para poder sustentarse, y ello ocurre tanto en el caso del sostenedor de una escuela particular subvencionada de Lumaco, como hablaba la Senadora, como en cualquiera de las Universidades a las cuales hoy se les acusa de tener “fines de lucro”.

Ahora, aún cuando esto último es relevante, quiero centrarme en otra cosa, que es la pregunta de por qué este juicio moral que Vallejo, Jackson, Figueroa, y otros hacen de las instituciones educacionales con fines de lucro, merece una ley prohibitiva sobre la libertad individual por parte del Estado. No es baladí preguntarse esto, ya que a través de los últimos cientos de años, la construcción que hemos hecho de nuestra sociedad, la vida individual de cada uno, y la acción del Estado sobre esta vida individual, nos ha llevado a entender que cualquier prohibición que este último aplique sobre la libertad de cada uno, entendidas en este caso la libertad de empresa, y el derecho preferente de los padres, de educar a sus hijos (en su sentido como derecho a escoger el sistema de educación formal que quieren para ellos), requiere una justificación suficientemente fuerte, fundándose principalmente en el bien común y otros intereses superiores.

Por eso me surge a mí la duda de cuál es el argumento de fondo que justifica extraer de la libertad individual de cada uno la elección de cuál es el tipo de centro educativo donde queremos educarnos nosotros, o a nuestros hijos, para quienes son padres. Ustedes podrán sostener que una de las críticas es que no todos pueden escoger libremente donde educar a sus hijos, ya que rige un criterio economicista donde solo tienes esa libertad de elección si tienes los recursos para ello, sin embargo, esto es algo perfectamente solucionable.  El tema del financiamiento compartido en la educación no es una discusión nueva, y se ha enfrentado desde distintos ángulos. La perspectiva socialista tradicional va por la línea que vemos hoy materializada en las demandas estudiantiles, que consiste en una mayor intervención Estatal en el control de los centros educacionales, garantizando gratuidad de estos para todas las personas, y financiando esto desde las arcas fiscales, con recursos obtenidos generalmente por vía de mayores impuestos. Otro mecanismo, apoyado por la teoría económica liberal, es la del sistema de Voucher, que consiste, básicamente, en otorgar subsidios focalizados a quienes no pueden financiarse sus estudios, para que puedan proveerse estos, dándoles además la libertad de escoger en que centro educativo aplicar el Voucher, y reconociendo además la libertad de empresa como motor para generar la oferta educacional.

Entonces, encuadrando esto último con lo anterior, podríamos decir que existe la posibilidad dentro del sistema constitucional y económico en que hoy vivimos, de garantizar la libertad para todas personas de escoger donde educarse, sin imponer como único sistema la educación proveída directamente por el Estado. Presumiendo entonces lo anterior, reitero mi pregunta ¿Qué es lo que hace de este juicio moral uno lo suficientemente relevante y universal como para imponerlo por vía de una ley prohibitiva a todas las personas?

La verdad es que no existe una razón suficientemente fuerte para lo anterior. Creo que en este caso debe primar la libertad, y es más, soy un convencido de que una de las libertades fundamentales de cada padre y cada madre debiese ser escoger donde quieren que sus hijos reciban su educación formal. Ellos debiesen poder escoger si quieren que se eduque en un colegio público, privado laico, privado religioso de la confesión que sea, con fines de lucro, sin fines de lucro, y con la modalidad de enseñanza que ellos consideren mejor para su hijo. Nadie sabe mejor que un padre cuales son las necesidades de su propio hijo, o los intereses que cada uno tiene, y la mejor forma de atender a las necesidades individuales es permitiendo la diversidad, dejando que opere la oferta y la demanda, e interviniendo el Estado, desde su rol subsidiario, tan solo en entregar esta libertad a quienes no se la tengan, por motivos económicos, y excepcionalmente responder ante la demanda, cuando los incentivos económicos no sean suficientes para que los privados atiendan a ella.

Libertad de oportunidades, así lo llamamos algunos. La idea de que todos debiésemos poder escoger por nosotros mismos; la idea, igualmente sostenida por los jóvenes que hoy marchan, de que el sueldo de un padre no debiese ser motivo para cortarle las alas a su hijo, y que de ser necesario, el Estado debiese apoyar para que esto no ocurra, pero guiándose siempre por la promoción de las libertades individuales, cada vez que no haya argumentos de suficiente peso para restringirlas, y reconociendo como elemento fundamental en una sociedad libre, el rol inherentemente subsidiario del Estado.