Actualmente se está tramitando en el Congreso una ley que busca eliminar el financiamiento directo del Estado a aquellas Universidades que comprobadamente estén lucrando a partir de la Educación. Al mismo tiempo, un grupo de parlamentarios oficialistas analizan la posibilidad de recurrir al Tribunal Constitucional para evitar que esta ley vea la luz.
Meses han transcurrido desde el comienzo del movimiento estudiantil, y ha habido tiempo suficiente para que se enfríen los ánimos, y en el Congreso puedan discutirse aquellos temas de verdad relevantes para mejorar el nivel de la educación que reciben los más pobres de nuestro país, sin embargo nuestros parlamentarios parecen haber escogido mantener el eje en aquello que menos importa, pero que más vende: El lucro.
Analicemos la idea dentro del proyecto. ¿Qué ocurriría con nuestro sistema educativo de aprobarse esta ley? A lo largo de este año, de los estudios que se fueron publicando uno tras otro, pudimos ver que las Universidades que “lucran”, son en gran parte casas de estudio donde la mayoría de sus estudiantes entraron a la educación superior con puntajes muy bajos en la PSU, y que vienen de los estratos socio-económicos inferiores. Se trata en general, por lo tanto, de estudiantes pobres, vulnerables, y que tienen mucho que perder – y que ganar – en su futuro.
Así mismo, se ha dicho que se trata de Universidades cuya calidad no es de las mejores, ni a nivel nacional, ni menos en estándares internacionales. Se trata, por lo tanto, de casas de estudio que muchas veces no dan a sus estudiantes los conocimientos y herramientas necesarias para posteriormente construirse un futuro distinto a la vida que han llevado hasta entonces.
Ciertamente, no se trata de Universidades que serían el orgullo de la OCDE, pero ¿Es esto razón suficiente para quitarles buena parte de sus recursos o eventualmente cerrarlas, como muchos exigen? Personalmente no lo creo.
No creo que sea necesario, ni tampoco buena idea cerrarlas, ya que aún siendo Universidades de nivel medio-bajo, son las únicas que hoy están dando oportunidades a miles de jóvenes vulnerables de nuestro país. Muchos jóvenes hoy estudian en estas, y hay miles, también, que ya han pasado por ellas, y lo único que tienen para garantizarse un futuro laboral y estabilidad económica es su título, cuyo valor depende también del devenir de estos establecimientos. Cerrarlas, implicaría acabar con las posibilidades de todos los que están pasando por sus aulas, o que ya pasaron por ellas, y desfinanciarlas sería condenar a quienes sigan pasando por ellas, a recibir una educación de calidad aún peor que la actual.
Creo que hoy, y a lo largo del último tiempo, los políticos, y los “líderes sociales” que han comandado el movimiento estudiantil han estado apostando a lo menos, y jugando por una reforma mucho más mediocre que aquello a lo que podríamos apuntar. Desechar lo malo es ciertamente más fácil que apostar a salvarlo. Me pregunto donde estaríamos hoy si la medicina, la ingeniería, las ciencias, y tantas otras áreas, hubiesen apostado por la misma vía, simplemente desechando aquello que no era perfecto, volviendo hacia atrás, cobijándose en lo que ellos creían ciegamente – y de manera errada – era más seguro.
Hoy se nos ha puesto, al país completo, ante un desafío mayúsculo: Transformar la educación Chilena. Algunos, de manera cobarde, intentan remar de vuelta a puerto seguro, abrazando la tierra que conocen y clamando a los cuatro vientos su belleza, mientras que otros, con espíritu más aventurero y un poco más de visión, apuestan por el horizonte, soñando con lo que podrían encontrar más allá, y confiados en lo que con nuestras manos y mentes podemos construir. El Estado siempre ha sido la balsa en medio del mar para los temerosos, pero la libertad y el emprendimiento, como estilos de vida, son valores que muchos prefieren más que la seguridad de lo regular, ya que a mayor riesgo, mayor la eventual ganancia, aún cuando el riesgo de caer se vuelve también mayor.
En ese recurso fácil al “más Estado”, no veo más que temor y cobardía. Con un poco más de ingenio y creatividad, e incluso menos recursos, podríamos como país construir un sistema educativo mucho más justo, capaz de promover de mejor manera una verdadera igualdad de oportunidades, y que incluso pudiese llegar a servir de faro para otros países, atrapados en esa discusión del pasado, entre lo estatal y lo privado, como si ambos no pudiesen contribuir a un mismo interés público.
Personalmente, creo en la libertad de las personas para escoger aquel proyecto educativo que más se ajuste a su visión de la vida, así como a sus necesidades particulares; creo que la igualdad de oportunidades no radica en que tan bien puede el Estado administrar las vidas de los más pobres, sino en cuanto poder damos a los más pobres para administrar sus propias vidas; estoy convencido que con una regulación e incentivos adecuados, un establecimiento educacional privado puede tener un fin público tanto, y más marcado, que un establecimiento administrado estatalmente, y que además puede hacerlo de manera más eficiente y con menor costo para todos los contribuyentes; y creo, finalmente, que a partir de todas estas ideas, si las aplicáramos en todos los ámbitos donde interviene de una u otra forma el Estado, podríamos construir un país mucho más justo y libre que lo que alguna vez imaginamos.
Llámenme soñador, pero creo que el desarrollo está al alcance de nuestras manos, y que depende por completo de que tan ingeniosos seamos en este minuto, donde nos proponemos, desde la justicia, reconstruir este país.




